La conversación sobre ciberseguridad sigue siendo cómoda.
Hoy participé en un webinar sobre deepfakes y su impacto en mujeres y niñas.
Bien estructurado, con buenas intenciones, datos relevantes… y, en muchos momentos, las mismas respuestas de siempre.
Se habló del problema.
Se dimensionó el riesgo.
Se reconoció el impacto.
Y, sin darnos cuenta, volvimos a hacer lo que mejor sabemos hacer:
— quedarnos en el diagnóstico.
Porque hay algo que empieza a ser preocupante:
Muchas de las “soluciones” que se plantean funcionan…
pero en contextos donde todo ya funciona.
Donde hay:
- instituciones que responden
- acceso digital
- rutas claras de denuncia
Entonces la pregunta es inevitable:
—¿Qué pasa con los países donde nada de eso es garantizado?
Porque ahí, hablar de “buenas prácticas” sin adaptación no es solución…
es desconexión.
Durante el webinar surgieron preguntas incómodas.
De esas que llevan la conversación a lo que realmente importa:
- ¿Cómo aterrizamos estas estrategias en contextos con limitaciones estructurales?
- ¿Cómo protegemos a mujeres en liderazgo antes de que el daño ocurra?
- ¿Cómo evitamos que el miedo termine sacándolas de los espacios que ya lograron conquistar?
Pero muchas de esas preguntas no encontraron respuesta.
Y no por falta de conocimiento.
Sino porque, muchas veces, es más fácil moverse en lo teórico que en lo real.
Porque diseñar soluciones desde la práctica implica aceptar algo incómodo:
— no todas las realidades caben en un marco global.
La brecha no es solo tecnológica.
Es estructural. Es social. Es territorial.
Y mientras no diseñemos desde ahí, vamos a seguir creando propuestas que suenan bien…
pero no llegan.
No se trata de desestimar estos espacios.
Se trata de exigirles más.
Porque sensibilizar ya no es suficiente.
Diagnosticar ya no es suficiente.
Lo verdaderamente desafiante es esto:
— construir soluciones que funcionen donde más se necesitan.
Y eso, inevitablemente, implica incomodar la conversación.
